La pintura abstracta de Gabriel Victorio Bernabéu

‘’La pintura abstracta es abstracta. Se enfrenta a ti’’. Así definió el pintor Jackson Pollock a la particularidad del arte que estaba practicando. Pintar de manera abstracta significa no apelar a imitar lo que vemos. Lógicamente es un arte contrario a la figuración, en el que priman las cualidades de la pintura —materiales, colores, técnicas, etc.— frente a la representación visual de la realidad.

Sin lugar a duda, la pintura de Gabriel Victorio Bernabeu entronca con la definición pollockiana. Enfrentarse a lo abstracto en el mundo del arte es precisamente abandonar el ilusionismo pictórico, es decir, nuestra referencia artística básica. Además, la pintura abstracta pretende deslumbrar sin los recursos iconográficos que siempre están presentes en las obras figurativas.

En esta línea, Bernabeu nos deleita con su pintura, dispuesta en el lienzo o la tabla —según prefiera— de forma vivaz y centrándose en la importancia de lo ornamental, del placer que produce la estética de la pieza. Cuando el crítico de arte Clement Greenberg apoyó a la pintura abstracta en detrimento de la figurativa, a pesar de su feroz perspectiva, comentó un tema llamativo: ‘’La pintura de caballete [figurativa] subordina lo decorativo al efecto dramático. Excava en la pared que hay detrás la ilusión de una cavidad en forma de caja y, dentro de esta, como una unidad, organiza apariencias tridimensionales. Cuando el artista achata esa cavidad para obtener mejores efectos decorativos y organiza su contenido en términos de planitud y frontalidad, la esencia de la pintura de caballete —que no debe confundirse con su calidad— se ve comprometida’’.

Bernabeu otorga tanta trascendencia a la belleza de la pieza que desecha cualquier noción figurativa, por ende, simbólica. Sus composiciones frecuentemente dinámicas se construyen privilegiando el valor de la forma sobre el color. Es más, la cromática resulta accesoria en este artista, utilizándola armoniosamente, como hace con las formas para lograr combinaciones agradables a nivel óptico. Bernabeu cuida más los trazos y las manchas, creados con acrílicos y plasmados a través del pincel, la espátula, las yemas de los dedos o los salpicones de agua. El pintor despliega una mezcla de apariencias y colores que responde a una ordenación previa. No sin olvidar cierto automatismo, debido a que el desarrollo de la pieza y su final son imprevisibles.

A esto se añade la envergadura de la materia pictórica. Trazos gruesos, otros casi imperceptibles marcan relieves y depresiones ligeros; juegos visuales y hápticos en los que el color ocupa un lugar secundario, pero siempre permanece la preocupación por acompañar a la consonancia de las formas.

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Una intención artística y gestualidad que recuerdan mucho, aunque sea sin buscarlo, al expresionismo abstracto. Al respecto, Bernabeu reconoce que le impresionó sobremanera la pintura abstracta de artistas al estilo de Jonas Gerard o Ricardo Asensio; concretamente la serie Cosmos en lo concerniente a la obra de este último pintor. Así como Gerard pintó con el soporte en horizontal, Bernabeu continúa esta tendencia.

Sin embargo, nuestro protagonista no puede considerarse discípulo de Gerard, Asensio ni de ninguna ni ningún artista de la abstracción pictórica. Cada artista crea de forma muy personal, sin deber nada a nadie. Incluso, Bernabeu es autodidacta. No plantea un historicismo del expresionismo abstracto, ni revitalizar la moda que significó este movimiento durante los años cincuenta en Estados Unidos.
La experimentación persistente y el afán por mejorar de Bernabeu le consolidan como un pintor de corta trayectoria, pero que avanza prósperamente.

Andrea García Casal

 

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